Un 66 por ciento de los franceses cree que el Ejecutivo hizo muy poco para luchar contra las desigualdades. Preocupa la situación económica.

La dinámica de la confianza se va quedando en el camino. Justo cuando el calendario político francés marca el fin de las vacaciones y el inicio del segundo año del mandato del presidente Emmanuel Macron se avecinan reformas tormentosas en un contexto de credibilidad empañada por los pálidos resultados de las promesas y las políticas diseñadas a partir de junio de 2017. El encanto y la tensión positiva que siguieron a la elección del joven presidente se fueron diluyendo al mismo tiempo que el Ejecutivo mantenía vigente la retórica que ha caracterizado las presidencias desde 2007: las reformas. Cambios en el sistema de las pensiones, reforma de la Constitución, lucha contra la pobreza, presupuesto, subsidios al desempleo y supresión de 4.500 puestos de trabajo en la función pública, con estas medidas Macron insiste en mantener el paso de las reformas sin contar ya con el caudal de expectativas que lo llevó al poder. Sin embargo, no lo ha perdido todo. Parte de su proyecto reformista liberal cuenta con respaldos y credibilidad.

En lo económico y en lo personal el jefe del Estado sale a su segundo año muy golpeado. En primer lugar, lejos de haber cosechado los resultados anticipados, su política no se tradujo por un repunte de la economía. En el mejor de los casos, en 2018 el crecimiento llegará al 1,8% contra 2,2% para 2017. Según argumenta el ex ministro de Finanzas Michel Sapin en un artículo publicado por el matutino Libération, este descenso del crecimiento es consecuencia de “la responsabilidad de las decisiones políticas de Emmanuel Macron”. Su imagen también quedó en la cuerda floja, asomada peligrosamente al vacío de una contradicción entre lo que dijo y lo que pasó. El presidente buscó desde el principio encarnar una forma distinta de ejercer el poder pero el llamado escándalo que protagonizó el pasado primero de mayo su ex jefe de seguridad, Alexander Benalla, barrió la intención inicial. Benalla es un joven de 26 años, sin ninguna capacitación policial, que formaba parte de su circulo más cercano. El primero de mayo apareció con toda la indumentaria policial en una plaza de París pegándole a un grupo de jóvenes. Le habían dado un permiso para “observar” el despliegue de la policía durante los enfrentamientos con grupos violentos, pero sobrepasó su simple misión. El palacio presidencial lo protegió en un primer momento hasta que el diario Le Monde, gracias a un video, reveló los abusos cometidos por Benalla. Le siguió una inusual querella entre la presidencia y las administraciones policiales que barrió con la idea de que, con Macron, la “República de los privilegiados” era una conducta del pasado.

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Las encuestas de opinión revelan dos tendencias: por un lado, pese a un perfil deteriorado, el jefe del Estado conserva todavía un nivel legítimo de adhesiones en torno a varios postulados de su filosofía reformista. Por el otro, la gente no tiene plena confianza en sus políticas. El macronismo lleva varios meses intentando borrar la etiqueta de “presidente de los ricos” que le quedó pegada en 2017. Tarea imposible por el momento. Una encuesta de la consultora Viavoice realizada para el matutino Libération indica que 66% de los franceses “tiene el sentimiento de que el Presidente de la República y el gobierno no se han comprometido y o han hecho muy poco en lo que atañe la política social y la lucha contra las desigualdades”. Todas las categorías políticas, izquierda, 79%, derecha, 79%, y extrema derecha, 85%, admiten igualmente sentirse “preocupadas por la situación económica y social de Francia”. Al mismo tiempo, los fundamentos del macronismo siguen gozando de mucho crédito a pesar de que el presidente pasó de un 53% de imagen positiva a un 35%. Buena parte de la sociedad juzga efectivas esas bases macronistas que consisten en respaldar las políticas de reinserción y de aprendizaje en contra de un Estado asistencialista así como la reducción del déficit, incluso a costa de los servicios públicos. Macron pinta dos cuadros al mismo tiempo: algunas disposiciones conquistan a la derecha y al empresariado y, otras, están especialmente diseñadas para los sectores más progresistas. En cuanto aparece una pincelada demasiado liberal el Ejecutivo imprime otra de carácter social. Ello le ha servido para evitar explosiones sociales consistentes y conservar la tensión de que un cambio substancial es aún posible.

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Macron cuenta además con un frente opositor diluido, sin peso decisivo en la sociedad. La derecha, la ultra derecha y los socialistas aún no se reponen de los sucesivos encontronazos que sufrieron en las elecciones presidenciales y las legislativas que le siguieron en 2017. Sólo la Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon (izquierda radical) entretiene un combate tan frontal como audible con el mandatario. Las fuerzas electorales de Mélenchon aún le responden y el líder de Francia insumisa se prepara como el antídoto anti Macron con vistas a las elecciones europeas de mayo de 2019. Mélenchon anhela que esa consulta sea como un “referéndum anti Macron” para darle al presidente un “cachetazo”. Más allá de este enfrentamiento entre los dos hombres, la consulta europea será una prueba mayor para la democracia francesa y un termómetro sobre la reconfiguración de las influencias políticas. En las precedentes elecciones europeas (2014) el entonces partido de extrema derecha Frente Nacional se había convertido en la primera formación política de Francia. Un año después, Emmanuel Macron no ha perdido del todo su apuesta. Aunque es un destructor de unas cuantas conquistas sociales, hay segmentos de la sociedad que no perdieron la fe en su retórica. Desconfían de él pero todavía se acepta la idea de que, de pronto, puede tener razón aunque los más desprotegidos paguen la cuenta final.

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