Hitler con Hindenburg

En junio de 1926, el NSDAP (Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán o Partido Nazi) celebró una reunión en Múnich en la que Hitler se hizo prácticamente con el control de esa fuerza política emergente. A partir de entonces, los nazis organizaron miles de mítines por todo el país, algunos de los cuales sirvieron de plataforma para el nuevo líder, cuyo estilo histriónico y cuyos mensajes simples y contundentes sobre los agravios que sufría Alemania lo catapultaron a la fama.

“El judío es y sigue siendo el enemigo del mundo y su arma, el marxismo, una plaga de la humanidad”, escribió Hitler en la publicación Völkischer Beobachter (El observador del pueblo) en 1927. Desde entonces, el líder del Partido Nacionalsocialista utilizó todos los medios propagandísticos a su alcance para reforzar el antisemitismo que ya existía en Alemania.

Pero ¿cómo fue posible que una nación europea cultivada engendrase un régimen capaz de provocar la Segunda Guerra Mundial y asesinar a seis millones de judíos? No se pueden subestimar los daños y la humillación que provocaron los términos del Tratado de Versalles, cuyas fuertes sanciones territoriales y económicas ponían de rodillas al país.

La humillación del Tratado de Versalles no fue el único factor que contribuyó al ascenso del Partido Nazi. La crisis económica de los años veinte hizo que buena parte de los votantes de centro derecha volviesen su mirada hacia Hitler. El 14 de septiembre de 1930, el Partido Nazi pasó de golpe de doce a 107 escaños en las elecciones, convirtiéndose en la segunda fuerza política del Reichstag. Así comenzó el fatídico idilio de los alemanes con Hitler. La vida parlamentaria de la República de Weimar nunca se caracterizó por su estabilidad. Resultaba muy difícil crear mayorías parlamentarias y mantenerlas. Los partidos de derechas no querían pactar un gobierno de coalición con el NSDAP, ya que los nazis exigían que Hitler dirigiera la jefatura del país.

Finalmente, el 30 de enero de 1933, el anciano mariscal Paul von Hindenburg presidió la designación oficial de Hitler como nuevo canciller del Tercer Reich. Aquel día murió la República de Weimar y nació un régimen que conduciría a la guerra mundial y al horror del Holocausto. Por la noche, huestes uniformadas de las SA y las SS desfilaron ante la inscripción que puede leerse en la fachada del Reichstag (Dem Deutschen Volk, “El pueblo alemán”).

Una vez en el poder, Hitler desmontó con gran rapidez y violencia toda la estructura democrática alemana, suprimiendo la autonomía de los Länder (estados federados), ordenando la disolución de los demás partidos políticos, prohibiendo los sindicatos libres y reprimiendo a los desafectos. En el tiempo que duró el Tercer Reich, nunca se volvieron a convocar elecciones. “La dictadura de Hitler equivalió al colapso de la civilización moderna, una especie de explosión nuclear dentro de la sociedad moderna”, subraya el historiador británico Ian Kershaw.

El nuevo régimen regularizó la esterilización de personas con enfermedades supuestamente hereditarias y dictó numerosas leyes contra la minoría hebrea, entre ellas las de Núremberg, que prohibían los matrimonios y las relaciones sexuales entre judíos y alemanes no judíos y privaban a aquellos de su nacionalidad alemana.

Justificar la invasión

Ese fue otro de los detonantes que contribuyó a poner en marcha la implacable maquinaria del exterminio que costó la vida a seis millones de judíos.

Los nazis proclamaban que la raza indogermánica tendía hacia la expansión de su territorio vital (Lebensraum). Richard Walther Darré, uno de los máximos responsables de la política racista del Tercer Reich, era un gran defensor de la utopía colonizadora agraria de los arios. “La existencia de un pueblo sin espacio suficiente es el problema original de la historia desde que existe el campesinado indogermánico en Europa del norte”, escribió Darré.

Sus teorías fueron tomadas al vuelo por los nazis para reforzar sus pretensiones de expandir el espacio vital alemán hacia el Sarre (enero de 1935), Austria (Anschluss de marzo de 1938), los Sudetes (octubre de 1938), la región lituana de Memel (marzo de 1939), Checoslovaquia y Polonia (1939). Poco después ocuparían otros territorios del este durante la invasión a la Unión Soviética (junio de 1941).

La ocupación de esos territorios debía proporcionar las tierras necesarias para que las falanges de la Wehrmacht se instalasen en ellas una vez finalizada la guerra. Los profesionales liberales, ingenieros y gentes del mundo académico de aquellos países sometidos serían eliminados, dejando al campesinado local las labores agrícolas necesarias para alimentar el Imperio. El resto del populacho trabajaría en las poderosas corporaciones industriales alemanas que se levantarían en las devastadas naciones del este.

Tras los nefastos Acuerdos de Múnich firmados el 30 de septiembre de 1938, el primer ministro británico conservador Chamberlain y el socialista Daladier, presidente del gobierno francés, aceptaron lo inaceptable al entregar la provincia checa de los Sudetes a los alemanes con la solemne promesa de que Hitler no reclamaría ningún otro territorio. Pensaban que así frenaban una guerra que no deseaban. En la memoria del pueblo francés e inglés estaba todavía muy vivo el recuerdo de la Primera Guerra Mundial.

 

Más información sobre el tema en el artículo El sueño de Hitler de Fernando Cohnen.Aparece en el MUY HISTORIA, dedicado a El Eje del mal. Alemania, Italia y Japón a la conquista del mundo.

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