Sólo con sus dibujos, mezcla alucinada de las ensoñaciones de Odilon Redon y los caprichos de Goya, Alfred Kubin (Bohemia, 1877-1959) se habría ganado su lugar en la historia del expresionismo austríaco y alemán de la vuelta del siglo. Pero aunque brilló en Munich como ilustrador de obras de Poe, Hoffmann y Dostoievski, fue amigo de Paul Klee y de Kandinsky, formó parte del grupo Der Blaue Reiter y hasta fue invitado a la Bauhaus, su nombre quedó unido sobre todo a su única novela, escrita durante una crisis artística y depresiva, admirada por Kafka, Herman Hesse y los surrealistas, y convertida muy pronto en un clásico de culto de la literatura fantástica. “Die andere Seite” en la primera edición alemana de 1909, “La otra parte” en la única versión en español de 1974, vuelve ahora reeditada por La bestia equilátera, con traducción afinada de Gabriela Adamo, exquisito diseño de tapa de Juan Pablo Cambariere y un título quizá más ajustado: “El otro lado”.

A más de un siglo de su edición original, no ha perdido nada de su extrañeza ni la potencia de la imaginación afiebrada con que Kubin describió el “Reino Soñado”, su desmoronamiento y su final apocalíptico. Cuesta creer que lo concibió todo en solo doce semanas con la nitidez abrumadora de las pesadillas, y que en otras cuatro lo cartografió y lo ilustró para darle consistencia aún más real a la fantasmagoría terrorífica. Los clásicos, decía Italo Calvino, nunca terminan de decir lo que tienen que decir, pero ¿qué podría decirnos hoy “El otro lado”?

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Del lado de la utopía la anécdota es sencilla, preludio apenas de una distopía salvaje que en el último tercio de la novela arrastra al lector por un abismo vertiginoso y esperpéntico. Un joven artista, dibujante como el propio Kubin, es invitado a trasladarse a Perla, capital del reino amurallado que el multimillonario Claus Patera, un viejo amigo suyo, ha construido en un territorio remoto de Asia Central. Concebido como un refugio para los insatisfechos con el mundo moderno, bric à brac un poco demodé de la cultura burguesa de entre siglos, el Reino Soñado está poblado por personas “con una sensibilidad extrema”, reclutadas especialmente por Patera para animar una especie de panóptico cuyo designio nunca se descubre del todo. Y aunque por motivos que tampoco se revelan en el cielo de Perla nunca sale el sol ni se ven la luna ni las estrellas, el joven artista encuentra una fuente de inspiración en la reclusión y las calles decadentes y melancólicas, como si Kubin hubiese creado el escenario ideal para el temperamento y los dibujos crepusculares del protagonista y sus propias estampas sombrías.

Pero poco a poco la ilusión del comienzo empieza a desmoronarse, todo pierde sentido con la enfermedad y la muerte de su esposa y el reino amurallado se va volviendo cada vez más tenebroso y claustrofóbico, librado al capricho de Patera inalcanzable en su palacio, y más tarde de su inesperado antagonista, un rico empresario estadounidense que se empeña en destruir el reino y destronarlo. No hay en el enfrentamiento una alegoría clara pero en el duelo de fuerzas encontradas se espejan otras batallas: “El verdadero infierno”, se lee en el enigmático final de la novela, “radica en el hecho de que ese juego doble y contradictorio continúa en nuestro interior… El demiurgo es hermafrodita.”

Todo es doble en realidad en “El otro lado”, pintado con las luces y sombras marcadas del expresionismo. Hay momentos extraordinariamente vívidos que parecen haber sido escritos en trance, como la escena en que el joven artista describe paisajes maravillosos cubiertos de flores exóticas para distraer a su mujer que agoniza, y también peripecias negrísimas, como la del repentino sopor que duerme a los habitantes de Perla mientras la ciudad se convierte en un “paraíso animal”, invadida por jaurías de chacales, osos y dogos asesinos, hormigas voraces, escorpiones, víboras y hasta un tigre que se pasea con una mujer en las fauces. Pero la negrura lo domina todo hacia el final, con escenas dantescas del reino desmoronado o, mejor, estampas de El Bosco, de orgías frenéticas, decadencia y muerte entre los escombros: “De los huecos de las ventanas colgaban cuerpos tiesos de observadores sin alma, cuyas miradas quebradas reflejaban el reino de la muerte. Brazos y piernas dislocados, dedos extendidos y puños cerrados, inflados vientres de animales, cráneos de caballos con la lengua azul e hinchada asomando entre los largos dientes amarillos… así avanzaba incontenible la falange de la ruina”.

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Hay entretanto reflexiones penetrantes sobre la vocación nómade del hombre, la armonía de las formas naturales o los méritos de la indolencia, y también apuntes del joven artista sobre el vaivén de la imaginación creativa entre la imagen y la palabra, que hacen de Kubin un insospechado precursor del diálogo entre medios y lenguajes. “Renuncié a todo menos al trazo”, escribe el joven presa de un “delirio de trabajo febril” que duplica el de Kubin escribiendo la novela, “y desarrollé un sistema particular de líneas. Un estilo fragmentario, más escrito que dibujado, expresaba como un instrumento meteorológico las oscilaciones más imperceptibles de mi estado de ánimo. Bauticé al procedimiento con el nombre de Psicográfica.”

Del texto a la imagen y de la imagen al texto los lenguajes se vuelven porosos en “El otro lado”, con descripciones de gran riqueza visual y claros contrastes expresionistas, y dibujos solapadamente narrativos como ventanas a un relato apenas sugerido. Invariablemente, la negrura de lo que se cuenta compite con la oscuridad de las imágenes.

El pesimismo profundo de Kubin, en cualquier caso, parece derivar menos de las lecturas de Nietzsche y Schopenhauer que de una infancia infeliz y una juventud trágica. Odiaba a su padre, un funcionario menor del Imperio Austrohúngaro a quien sólo conoció a los dos años y lo castigaba duramente, perdió a su madre a los diez y al año siguiente fue seducido por una mujer embarazada. A los diecinueve quiso suicidarse frente a la tumba de su madre pero le falló el arma, y poco después de alistarse en el ejército tuvo un brote psicótico que lo alejó de la carrera militar. En Munich por fin encontró sosiego en una escuela de arte y un cauce para sus visiones tenebrosas en el dibujo. En 1906, poco antes de escribir “El otro lado”, se instaló con su mujer, enferma crónica y adicta a la morfina, en un pequeño pueblo rural del norte austríaco cercano la frontera con Alemania, que por su aislamiento podría haber inspirado el Reino Soñado.

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Leída en el siglo XXI, la distopía de Kubin estremece como una parábola desoladora de la potencia autodestructiva del hombre y la duplicidad engañosa de las promesas utópicas. No sorprende que haya inspirado “El castillo” de Kafka y que, ilustrando esta vez literalmente el argumento de “Kafka y sus precursores”, encontremos ahora un aire kafkiano en la novela Kubin. Y más: hay mucho onirismo lynchiano en las escenas más extravagantes de la metamorfosis de Perla y el vertiginoso cierre, con una sucesión trepidante y caprichosa de peripecias fantásticas, bien podría pasar por el final de una novela de César Aira.

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