El eje conformado entre la Democracia Cristiana y el Partido Socialista hasta hace algunos años constituía uno de los principales soportes de estabilidad del régimen político democrático post dictatorial: es por eso que no resulta irrelevante que Alejandro Guillier (del PRSD) y Carolina Goic (del Demócrata Cristiano) compitan en las presidenciales. Los “viejos buenos tiempos” quedan atrás: la Democracia Cristiana, antaño el partido hegemónico de la Concertación (alianza antecesora a la Nueva Mayoría), hoy constituye una minoría de un bloque gubernamental debilitado.

La reducción de sus votantes a casi la mitad en las parlamentarias, su rol secundario al interior del bloque progresista, irrita a la sensibilidad de los sectores más abiertos a la centroderecha que ganan presencia y capacidad de incidir en la dirección de la política, atribuyendo los retrocesos a una errónea subordinación a los sectores de izquierda del conglomerado. Intentan cohesionar por medio del espanto que significa un mayor peso del Partido Comunista en la Nueva Mayoría, la tan temida izquierdización del bloque. Carolina Goic intenta delimitarse de Guillier señalando que la candidatura de éste está “capturada por el PC”. Anuncia que, en su gobierno, el PC probablemente no tendría cabida.

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Pero al interior de la propia DC y de la Nueva Mayoría surgen voces opositoras que sí están dispuestas a una mayor apertura con la sensibilidad “de izquierda”, como las del histórico dirigente Renán Fuentealba que firmó a la carta “Para seguir construyendo” en la que se insta a un compromiso entre las candidaturas de Guillier y Goic para apoyarse en una segunda vuelta sea cual sea de los dos el que pase. Una posición que es compartida por figuras del progresismo burgués como Carlos Ominami (ex PS), o Guido Girardi (PPD). Esto, mientras desde la derecha de la alianza se posicionan en la arena pública a favor de una política que le tienda puentes a la Democracia Cristiana.

¿Qué opción predominará en un futuro próximo en la Democracia Cristiana? Como sea, tanto los sectores más abiertos a dialogar con la derecha como los sectores que prefieren un “buen negocio” en una repartija futura de espacios con el “ala progresista” de Guillier en caso de que éste sea electo en segunda vuelta; tienen chances de salir lastimados, especialmente dependiendo de qué decida finalmente la DC para la segunda vuelta en la elección presidencial.

No se puede dejar a todos felices. La DC está tironeada por derecha y por izquierda, porque la situación nacional y sus contradicciones más profundas impiden que el “centro político” se estabilice y se fortalezca como factor. La sociedad neoliberal que la DC supo defender durante los años felices de la Concertación, hoy es impugnada en la conciencia de miles, como se expresó con la votación en el plebiscito de NO+AFP. Pero, por esta misma razón, se engendran tendencias reaccionarias frente a estos procesos sociales y políticos profundos.

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La DC busca jugar un papel centrípeto cuando las tendencias profundas son centrífugas. Finalmente tendrá que tomar un curso o fraccionarse. El sólo hecho de que estemos haciendo esta hipótesis, permite pronosticar que si a la Nueva Mayoría le toca ser oposición -lo más probable- tendrá muchas dificultades para simplemente repetir el modo en el que ejerció este papel durante el primer gobierno de Piñera. Hay engranajes políticos que parecen haber desaparecido de la escena como el histórico eje Democracia Cristiana – Partido Socialista.

 

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