Imaginar un hacker en 1903 genera a primera vista demasiadas contradicciones: ¿estarían de moda entonces las gafas de pasta o las capuchas negras? Y lo más importante, la informática ni siquiera existía en aquella época. Entonces, ¿qué pudo hackear el primer “pirata informático” de todos los tiempos? Para entender la historia de John Nevil Maskelyne hay que remontarse a finales del siglo XIX, con el descubrimiento de las ondas electromagnéticas: el telégrafo inalámbrico se desarrollaría a partir de este hallazgo y Guillermo Marconi estaría en el lugar correcto para convertirse en el bastión comercial de uno de los inventos del siglo.

Quién es quién en esta historia

Aunque fueron muchos los científicos que investigaron la naturaleza de estas ondas y sus posibles aplicaciones, fue Guillermo Marconi (1874-1937) quien las utilizó para transmitir el que se considera el primer mensaje telegráfico inalámbrico de la historia. En 1985, utilizó las ondas electromagnéticas para representar las rayas y puntos del código Morse y llegó a enviar señales a varios kilómetros de distancia: había nacido la telegrafía sin cables. El que fuera ganador del Premio Nobel de física en 1909 por “su contribución al desarrollo del telégrafo inalámbrico”, demostró además su destreza como empresario, convirtiéndose en una figura mundialmente conocida e influyente, que llegó incluso a alcanzar sendos  títulos nobiliarios.

Al contrario que el famosos ingeniero e inventor italiano, John Nevil Maskelyne (1863-1924) es para la historia un gran desconocido. Este mago británico, descendiente de familia de ilusionistas e inventores, estaba interesado en la tecnología sin cables en la misma época que Marconi. Usaba el código morse en sus actuaciones para comunicarse “secretamente” con su ayudante y dejar al público boquiabierto. Para Maskelyne, la comunicación inalámbrica tenía el potencial de la verdadera magia, pues le permitía, a ojos de su público, “leer la mente”. El mago londinense era un avezado inventor, que llegó incluso a desarrollar un transmisor para encender pólvora de manera remota y, según algunos autores, pudo enviar un mensaje de radio desde una estación de tierra a un globo aerostático. Sin embargo, sus ambiciones en cuanto a la tecnología sin cables se vieron frustradas por las patentes de Marconi. Pero el mago todavía no había jugado todas sus cartas frente al italiano…

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Nevil Maskelyne (1863-1924), mago británico e inventor.

 

¡Vandalismo científico!

Marconi se jactaba públicamente de que los mensajes enviados a través de su telégrafo inalámbrico eran totalmente seguros y podían enviarse de forma privada, como hizo en un artículo del periódico London’s St James Gazette en febrero de 1903. La promesa de Marconi de conseguir “canales confidenciales”, ya que los mensajes se enviaban en una determinada frecuencia, pronto se vería comprometida gracias al truco final de John Nevil.

¿Actuaba Maskelyne únicamente movido por una venganza personal, o había intereses económicos detrás del menoscabo del invento de Marconi? Según la versión de la Royal Institution, fue la Eastern Telegraph Company quien encargó a Maskelyne desmontar el invento de Marconi, a sabiendas del entusiasmo del mago por la tecnología inalámbrica y teniendo en cuenta además la inversión millonaria que había realizado la empresa lanzando kilómetros de cable para desarrollar el sistema telegráfico anterior. Antes del espectáculo final, Maskelyne desarrolló la tecnología necesaria para interceptar la señal: no fue tan complicado. Con una rudimentaria antena de 50 metros consiguió interceptar los mensajes que por aquel entonces la compañía de Marconi enviaba a distintos barcos en el mar, sin despertar sospechas.

Marconi ya había demostrado que su invento funcionaba, pues en 1901 había enviado las primeras señales sin cables a través del océano Atlántico y consiguió la famosa (y polémica) patente 7777 del telégrafo inalámbrico (1900). Apenas 2 años después, el 1 de junio de 1903 tendría lugar la demostración del experimento de Marconi frente al público de la Royal Institution de Londres, donde el físico John Ambroise Fleming recibiría el mensaje en código morse que el italiano, que por entonces tenía 28 años, enviaría desde Poldhu (Cornwall) a una distancia de unas 300 millas.

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Para oídos inexpertos, nada parecía indicar que las cosas iban mal, pero para Fleming y su ayudante, el tintineo rítmico que percibieron antes de comenzar con la exhibición era la prueba del desastre. “Ratas”. Esa fue la palabra que “por arte de magia” interfirió repetidas veces en el sistema preparado para la ocasión. Y la mofa continuó, pues se enviaron varios versos en tono jocoso descatalogando a Marconi y a su invento.

Así es la naturaleza humana: el primer hackeo de la historia fue para enviar un insulto en código morse. Cual folletín tecnológico del momento, una lucha de acusaciones a través del periódico Times siguió a los hechos. Fue en una carta a dicho medio donde Fleming acuño la expresión ¡vandalismo científico! para describir lo acontecido. En ella, también pedía ayuda a los lectores para desenmascarar al autor de tal vil atrevimiento científico. No hizo falta, pues Maskelyne estaba orgulloso de su hazaña, y contestó a través de una misiva en el mismo periódico, defendiendo que su acción tenía como fin desenmascarar a Marconi, y poner de manifiesto la vulnerabilidad de “su invento”. Era, según el mago, una acción por el bien común.

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