Varias organizaciones denuncian a Sudán del Sur por usar containers para asfixiar a opositores. En uno murieron 60 adultos, sobrevivió un niño

El 22 de octubre de 2015 entraron 60 niños y adultos a un contenedor metálico en Leer (Sudán del Sur). Sus carceleros, militares uniformados del gobierno, les tenían preparadas unas condiciones de espanto: un container de metal de color rojo con calor de 40 grados sin ventilación, nada de agua ni comida, ausencia de espacio y oxígeno. Durante tres días golpearon el metal gritando para que alguien abriera las puertas, pero nadie lo hizo.

Los que estaban sentados no podían ponerse de pie, los que estaban de pie no podían sentarse. Los detenidos fueron muriendo lentamente y cayendo unos encima de otros. Los muertos cambiaron de color. Cuando abrieron la prisión de acero, nadie sabe porqué, pero sólo un muchacho de 13 años había sobrevivido. Lo llaman “el único que Dios dejó con vida”. Los soldados del Gobierno cogieron a los muertos de noche, hacinados en el suelo entre detritus, orines y vómitos, y los dejaron tirados en los terrenos de la iglesia católica abandonada y ocupada por el Ejército, para que los buitres terminaran el trabajo. Los cadáveres siguen en el mismo sitio.

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El Mecanismo de Supervisión de los Acuerdos de Alto el Fuego y Seguridad de Transición recibió la denuncia de varios testigos externos y consiguió acceder al niño y protegerlo de los que lo habían encerrado junto al resto. Según la revista ‘Time’, hoy está escondido en una vivienda vigilada en las afueras de esa misma localidad.

Almacenes de armas transformados en cárceles

En Sudán del Sur hay armas por todos lados. Se estima que hay 317.000 militares armados sin contar con las milicias y grupos rebeldes. Todo el mundo tiene un AK47. Son viejos, usados ya en varias guerras, pero disparan y matan como el primer día. Llegan puntuales de varios puntos del planeta, pero sobre todo de China. Y lo hacen en contenedores metálicos de transporte. Sudán del Sur está lleno de estos armatostes desperdigados por sus caminos y aldeas. Algunos se han reutilizado como habitaciones de hotel en la capital o clínicas móviles en campos de refugiados, pero la mayoría están abandonados o son utilizados como vivienda.

Desde que comenzó la guerra civil en diciembre de 2013, estos contenedores se han usado como refugio para desplazados, almacenes de armas o parapetos antitanque, pero Naciones Unidas o Amnistía Internacional revelan otro uso más oscuro: como prisión y celda de tortura. Existen múltiples evidencias de varias matanzas en la localidad de Gorom, a 20 kilómetros de la capital, Juba, por ejemplo, donde Amnistía Internacional ha documentado un campo de detención con varios contenedores donde se han practicado “torturas y homicidios en masa”.

“Están recluidos en condiciones atroces en contenedores metálicos de carga sin apenas ventilación, sólo reciben alimento una o dos veces por semana y no tienen agua suficiente para beber. Corren evidente peligro de morir”, afirma Muthoni Wanyeki, director de AI para África Oriental, el Cuerno de África y los Grandes Lagos.

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Nadie presenta cargos formales por ningún delito contra los detenidos, aunque todos están acusados por sus captores de pertenecer a la milicia opositora Ejército de Liberación Popular de Sudán en la Oposición. Al no comunicar a ninguna instancia judicial su detención, luego nadie sabe qué ha sido de él. Simplemente desaparece.

Los contenedores, llenos de presos, rara vez se abren, pero si sucede, es para sacar a los detenidos, propinarles palizas y volver a introducirlos dentro, según testigos de esta violencia en Leer.

Las autoridades militares de Sudán del Sur niegan cualquier responsabilidad en estas muertes y torturas, pero el gobernador de Leer, Wol Yach, admitió a ‘Time’ que estos hombres habían sido detenidos en estos containers. “Probablemente fue un error, quizá la intención no era matarlos, pero no sé porqué los soldados metieron a aquellos hombres en el contenedor sin oxígeno ni agua”, afirma. Elizabeth Deng, trabajadora de Amnistía Internacional en Sudán del Sur, asegura que el país “tiene un problema crónico de falta de instalaciones carcelarias, por eso se usan los contenedores. Pero es grave cuando las fuerzas de seguridad hacen esto en secreto y cuando nadie se preocupa por la salud de los detenidos”.

“La detención arbitraria, la tortura y los homicidios en masa de estos detenidos son sólo un ejemplo más del absoluto desprecio que el gobierno de Sudán del Sur demuestra hacia las leyes de la guerra. La reclusión ilegal, la tortura, el causar deliberadamente un gran sufrimiento y el homicidio deliberado son actos que constituyen crímenes de guerra”, dice Lama Fakih, asesora general de Amnistía Internacional sobre situaciones de crisis.

Estas prácticas son parte del catálogo de abusos contra los derechos humanos que han puesto en marcha ambos bandos durante la guerra civil en Sudán del Sur. Desde la quema de personas vivas, incluyendo niños, ataques a hospitales y escuelas, canibalismo tribal hasta la violación masiva y sistemática como salariocuando al gobierno se le acabó el dinero para pagar a sus propios militares.

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Las proporciones de estos crímenes son desconocidas, al igual que no existe una contabilidad fiable de los muertos. En los primeros meses de 2013, Naciones Unidas habló de 10.000 muertos. Después, el International Crisis Group lo elevó a 50.000. Para muchos trabajadores humanitarios pueden ser “cientos de miles”, aunque nadie se atreve a ofrecer una cifra aproximada.

El acuerdo de paz en el que se basa el actual Gobierno de Unidad dispone el establecimiento, por la Comisión de la Unión Africana, de un Tribunal para Sudán del Sur, con el mandato de investigar y enjuiciar el genocidio, los crímenes de guerra y los crímenes de lesa Humanidad cometidos durante el conflicto. Teniendo en cuenta que los mismos responsables de llevar al país al conflicto son de nuevo presidente y vicepresidente, nadie espera que el tribunal sea creado jamás.

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