Él miró hacia el techo, como quien cree verse a sí mismo en la distancia. Un destello raro en el cielo razzo lo distrajo, las horas habían pasado en un instante. Ya no estaba seguro de quién era o qué propósito buscaba en ese cuarto húmedo y mal oliente. La memoria había comenzado a fallarle hace algún tiempo, no recuerda cuánto, rara vez recuerda algo. Tampoco recuerda cómo se sentía antes de sentirse nada, antes de sentirse el vacío mismo que habita en las palabras que nadie ha dicho, que nadie a susurrado entre labios casi cerrados por el miedo.

Refriega sus ojos con la esperanza de que al abrirlos el cuarto sea distinto, o que sus ojos vean algo que el acto de mirar por mirar haya pasado por alto. Nada cambia, la rutina lo ha llevado hasta el abismo más profundo. Ese que habita dentro de cada uno y es como un pozo enorme y sin fin que aborrece las metáforas y devora todo lo que en él cae cual bestia feroz. Esa bestia feroz es la desmemoria, es el eterno ensayo de saberse quebrado, incompleto, muchas veces incoherente. Esa bestia da temor, y él se refriega los ojos nuevamente, como queriendo borrar esa imagen, pero es tarde. Esa bestia es él, esa bestia son aquellos, estos, esos. Esa bestia de la desmemoria somos todos, y este cuarto mal oliente es nuestro suelo, nuestro marco de realidad. La tenue luz del cuarto lo saca abruptamente de su ensueño y pensamientos, lo golpea contra el piso putrefacto. Lo mezcla entre las heces del pensamiento más falaz e inconsciente.

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Lo revuelve de esa realidad hedionda, de esa rutina que lo mata todos los días un poco más. Cual demente cercenador de miembros, meticuloso, académico. Instruido en el arte del sufrir, en el arte de hacer sufrir. Grita, grita, golpea su cuerpo contra las paredes. Quisiera poder mentirse pero ya no hay lugar para eso, ya no hay tiempo para nada. Cierra sus ojos y se duerme eternamente con la mueca del cínico, con el ademán del que pretende, con el alma toda rota del que ha elegido dejar de pensar, dejar de ser parte, dejar de ser. Para siempre.

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